miércoles, 21 de junio de 2017

Oscuridad total (Renata Adler)

Título original: Pitch dark
Traductor: Javier Guerrero
Páginas: 184
Publicación: 1983 (2016)
Editorial: Sexto Piso
Sinopsis: Oscuridad total es una historia de amor, o, lo que es lo mismo, de desamor y ruptura, sobre la desorientación y el vacío que siguen a todo final, pero alejada de todos los clichés al uso, y con una concepción y una escritura que siguen sorprendiendo por su absoluta modernidad. ¿Cómo enfrentarse a un mundo caótico, a un presente mutable y voraz cuando se tiene el corazón roto? Aunque la protagonista, Kate Ennis, posee las nada desdeñables armas de su afilada inteligencia, de su sensibilidad, de su humor y de su innegociable autonomía, todo son pecios en un vastísimo mar nocturno. No se explicitan demasiado los porqués, sólo se insinúan los efectos, que asoman y reverberan aquí y allá, en las experiencias del día a día, en excursiones de pesadilla o vivencias surrealistas, para añadir un matiz de desasosiego e incertidumbre. 
Puedes leer las primeras páginas AQUÍ
Mira, sí, te amaba.
Resoplo. Qué libro más difícil. ¿Cómo comentarlo? Hasta la propia definición de “escritura fragmentada” es confusa para mí, entendiendo que hace referencia a un tipo de estructura literaria en la que los fragmentos constituyen una totalidad. Soy simple, así que entiendo que este tipo de escritura es la que me fragmenta a mí, como lectora. No necesariamente me despedaza, pero cada pedazo es como una galletita china con su mensaje incluido, que me puede resultar más ajeno o más cercano. Y que te da un mordisco a ti en lugar de tú a ella.
¿Sabes? Eres, fuiste lo más parecido que tuve en mi vida a una historia real.
Resulta inevitable hablar de desamor, parece la consecuencia lógica e inevitable del amor. Solo quien ha amado con vehemencia vive el desamor así: devastador, arrasador. Parece no haber nada más. No se progresa. Se muere en vida. A veces el desamor hasta puede ser más penetrante que el propio amor porque nos confina en un cuarto oscuro en el que nos enfrentamos con nosotros mismos. Un combate duro, sin duda. Un aprendizaje necesario.
Él supo que ella lo había dejado cuando vio que empezaba a fumar otra vez.
¿Es aquí donde empieza?
No lo sé. No sé dónde empieza. Aquí es donde estoy.
[…]
¿Entonces él supo que ella lo había dejado?
No lo supo, no lo había dejado. No enseguida o solo al principio.
Renata Adler es como una trituradora. No lo pone fácil. Porque el interior de las personas no lo es, es confuso, caótico, fragmentado, discontinuo, desorganizado. Así que no queda otra que enfrentarse a esta lectura desde el interior de una misma, leer entre líneas, hacia delante, hacia atrás, buscar el armazón, el hilo conductor que al final es la propia Adler, la oscuridad, el desasosiego. No es la protagonista, Kate, quien es abandonada. Es quien abandona. Entonces ¿por qué esa zozobra, por qué el corazón roto? Precisamente por eso. Precisamente por eso… ¿Qué abandonas cuando eres tú quien rompe una relación? La realidad es cruel. Es lo que hay.
Pero también podría confesar de una vez que, aunque te amo y verte me cambia el humor y el día, en ocasiones temo, no sé de qué otra manera decirlo, en ocasiones temo esa especie de visita que me haces.
En la página 56 Renata, a través de Kate, nos pide confianza, que nos quedemos con ella. Está sola. Tiene mi confianza, así que avanzo por la lectura intentando desbrozar cada párrafo, cada fragmento. Porque ya tengo mi clave, no la que sirva a todos los lectores, pero sí la que me sirve a mí: las razones por las que Kate se va, se ha ido hace tiempo. Porque estaba sola en la relación. Sí, a veces dos no es compañía. A veces dos es una soledad y una renuncia demasiado grande. Y optas por amar la belleza y la calma. En soledad.

Renata Adler escribe para ella misma. Se encripta deliberadamente porque así es el alma humana: necesitamos claves para descifrarnos. Y para que nos descifren. Así ofrecen algunas personas su verdad, enmarañada en jeroglíficos, engaños, laberintos, contraseñas, huidas, revestimientos, adornos...

No siendo fácil transitar por este libro, sin embargo una vez concluida su lectura estoy más que satisfecha. Como si hubiera leído varios libros en uno, lleno de reflexiones inteligentes y sensibles, de verdades sinuosas y hondas, de una mirada muy lúcida sobre qué nos mueve, de qué huimos, lo que nos rodea, cómo nos comportamos… Es verdad, exige mucho del lector, como lo exige toda sinceridad que se muestra desnuda y sin ambages. De esa sinceridad se suele huir. Y yo aprecio esa sinceridad brutal, real, incluso descarnada, como si alguien me soplara en la nariz aliento de vida. 

Renata Adler es brillante. Deslumbra. Lucha con sus demonios y nos muestra esa lucha ¿cómo exigirle que nos lo dé masticado? Y si se te atraganta la lectura, Muriel Spark, en un inteligente posfacio, ya lo mastica por nosotros.
Recuerda todo, dijo, recuerda todo, fuera de contexto, y luego reflexiona.
No olvides. Recuerda todo. Reflexiona.


viernes, 16 de junio de 2017

La uruguaya (Pedro Mairal)


Páginas: 144
Publicación: 2017
ISBN: 9788416213993
Sinopsis: Lucas Pereyra, un escritor recién entrado en la cuarentena, viaja de Buenos Aires a Montevideo para recoger un dinero que le han mandado desde el extranjero y que no puede recibir en su país debido a las restricciones cambiarias. Casado y con un hijo, no atraviesa su mejor momento, pero la perspectiva de pasar un día en otro país en compañía de una joven amiga es suficiente para animarle un poco. Una vez en Uruguay, las cosas no terminan de salir tal como las había planeado, así que a Lucas no le quedará más remedio que afrontar la realidad.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.
Estaba enamorado de una mujer y enamorado de la ciudad donde ella vivía. Y todo me lo inventé, o casi todo.
(No me inventé nada, 
sólo… confié y creí)

En un lateral del blog (versión web) hay un aviso a navegantes en el que explico que soy una lectora subjetiva. Mi opinión no convierte un libro en buen o mal libro, únicamente en un libro que me ha gustado o no. Sirva esto como declaración de intenciones respecto a mi comentario de esta lectura que, he de decir, y aunque no lo vaya a parecer, no ha sido mala lectura.

Cuando terminé de leer La vegetariana sabía que no iba a ser fácil elegir el siguiente libro. Cogía uno. Lo volvía a dejar en la estantería. Cogía otro, lo empezaba. Vuelta a la estantería. Así unas cinco o seis veces. Y en esas estaba cuando alguien me pregunta ¿siempre lees libros escritos por mujeres? Zasca. Es real, soy consciente, leo mayormente libros escritos por mujeres. Miro mis estanterías y ellas arrasan. Y mis ganas de leerlas son infinitas. Miro mis lecturas en los últimos años y percibo ese intento, forzado, de equilibrar. Ahora ellas. Ahora un poquito de ellos. Tengo una conciencia clara de que los libros que más me han marcado y revolucionado están escritos por… ellas. Con podio de honor también para Tom Spanbauer, hay que decirlo. Esas lecturas que me salvan la vida.
Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cerebro que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque solo fuera para estar en silencio.
(Tú te quitaste la ropa, 
un gesto repetido y hecho rutina.
Yo, me desnudé,
sin trabas y con fe)

Así las cosas, decido coger a un autor. Y un libro cuyo protagonista es un hombre que, aparentemente, está pasando por la crisis de la mediana edad (siempre me he preguntado qué carajo de crisis es esa). Que no se diga.
Si no podés con la vida, probá con la vidita.
(Si no puedes con la vida, 
no te la inventes)

Sin duda, la frase más citada y laureada de este libro. Y hete aquí que voy y yo y no estoy de acuerdo con ella. Porque me suena a conformismo. A rendición. Y claro que te puedes rendir. Todos los días. Es una opción y a cada instante elegimos. Pero también todos los días puedes seguir aspirando a la vida, y no a la vidita. VIDA. La palabra más repetida en este blog.

Mi sensación es que a Lucas ya le quedaba grande la vidita, y que lo que en realidad necesita es estrenar una vida, una vida de verdad y no su vidita de fantasía. Su vidita egoísta. No empaticé con Lucas, qué le voy a hacer. Bueno, miento, lo hice a ratos, con ciertas reflexiones. Pero tenía la sensación de que lo que Lucas hacía no era coherente con lo que Lucas pensaba en algunas ocasiones.
Hace falta esa ignorancia para que continúe la especie, generaciones de ingenuos que se meten en un baile del que no tienen ni idea.
(La honestidad es bastante ingenua e inocente. Siendo así, que entonces no se terminen nunca las generaciones de ingenuos. Que pueblen el mundo de norte a sur y de este a oeste)

Una de las razones por las que no conseguí entender a Lucas es porque no me parece un ingenuo precisamente. Porque hay comportamientos que puedes comprender mejor si no se hiciera tanto esfuerzo por justificarlos, porque no consigo verlo como víctima ni como alguien inocente, porque me parece que en ocasiones había mucha autocompasión y poca compasión por los damnificados por su propio comportamiento.
Había cierta lealtad en mi deslealtad.
(Infiel para algunos, 
leal hasta el último aliento)

Concepto erróneo: puedes ser infiel sin caer en la deslealtad. Infiel pero leal. Perogrullada: si eres desleal, no hay lealtad. Este tipo de cosas me rechinaban, aunque hubo otras muchas que me han encantado. Es verdad que hay reflexiones y fragmentos con los que he gozado. Tampoco era tan difícil en medio de una verborrea que se me hizo excesiva porque a veces sentía que caminaba por una selva en la que tenía que ir desbrozando la paja, las ramas innecesarias, para llegar al meollo de la cuestión. Pero en medio de ese torrente verbal, ese divertido desbordamiento de palabras, terminaba por encontrar semillas prometedoras, manjares refrescantes, víveres satisfactorios.
Con vos necesito un tatuaje que me ayude a olvidarte, no a recordarte, un antitatuaje.
(Revertir cada tatuaje…)

Pero esas pequeñas ráfagas de luz, esos destellos vibrantes, eran como gotas de lluvia que no se mezclaban, no hacían charco, no sumaban al rio. No hacían trama suficiente.

Y dicho todo esto, lo sorprendente es que me ha gustado La uruguaya. Porque era justo lo que necesitaba después de La vegetariana: un libro que me sacara de la conmoción, algo ligero e incluso predecible, pero con cierta consistencia, una lectura entretenida, festiva y fácil, en la que se entremezcla lo superficial y lo subterráneo; una charlatanería que tan solo rozara lo intenso levemente, con pretensiones pero sin conseguirlo del todo, que se deslizara más por la vía del humor.  Y ya.
Nadie es solamente una persona, cada uno es un nudo de personas, y el nudo de Guerra era de los complicados.
[Amén. 
Amen. 
De verdad. 
Que el nudo de personas nos haga cre(c)er
y no lo contrario]

jueves, 8 de junio de 2017

La vegetariana (Han Kang)




Título original: 채식주의자 (Chaesigjuuija)
Traductora: Sunme Yoon
Páginas: 239
Publicación: 2000 (2017)
Editorial: :Rata_
ISBN: 9788416738137
Sinopsis: La vegetariana relata la historia de una mujer corriente, Yeonghye, que por la simple decisión de no volver a comer carne convierte una vida normal en una perturbadora pesadilla. 

Antes de que mi mujer se hiciera vegetariana, nunca pensé que fuera una persona especial. Para ser franco, ni siquiera me atrajo cuando la vi por primera vez.
Madre mía. Qué libro. Qué libro. Enorme. Lo que me ha hecho llorar. Y tantas cosas que decir de este libro. Y la imposibilidad de decirlas todas. Por empezar por algún punto, lo haré diciendo lo que NO es este libro.

NO es un libro sobre vegetarianismo. Dejar de comer carne no te convierte en vegetariana. No implica que Yeonghye esté haciendo una dieta o cuidando su nutrición. No, sus razones son otras. Un gran acierto el título del libro, sin duda.

NO es un libro sobre un trastorno alimentario, aunque las consecuencias a nivel de salud sean las mismas. No hay por parte de Yeonghye una percepción distorsionada de su propio cuerpo. Más bien al contrario, su percepción, tanto de su cuerpo (sobre todo de su cuerpo) como de lo que le rodea y de su propia decisión, es feroz, brutal y tremendamente lúcida y consciente.

NO es un libro sobre la locura o cualquier tipo de trastorno mental. Acabo de decirlo: Yeonghye es quien posee la lucidez, la clarividencia. Y toma una decisión que decide llevar, brava y valiente, hasta las últimas consecuencias. Consecuencias que le afectan a ella y a quienes la rodean (nunca preguntes por quién doblan las campanas, porque están doblando por ti).

NO es un libro pornográfico. Y quizás sorprenda esta afirmación, pero parece que hay quien piensa que lo es. Hay sexo, sí. Violento y no consentido. Incluido ese sexo dentro del matrimonio en el que el no consentimiento no deriva en que el hombre admita que acaba de violar a su mujer. Y ocurre cada día. Y es violación. No tiene otro nombre.

NO es un libro más.

Dicho todo lo que no es este libro toca hablar de la decisión de Yeonghye, de sus razones. Y aquí entramos en terreno resbaladizo. No porque esas razones sean confusas o poco claras. No es el caso. Desde que vi el texto que aparece en la portada del libro supe lo que me iba a encontrar. Supe que hablaba de mí. Hace poco vi en el muro de un solar una frase escrita: DESAPAREZCA AQUÍ. Me situé debajo. Deseaba desaparecer. Sin ruido, sin dolor, sin daños. Diluirme como la sal en el agua o la espuma en las olas del mar. No sucedió. Por mucho que mis deseos fueran como linternas voladoras atravesando el cielo de la noche, simplemente no sucedió. Y, a los pocos días, empecé a ver este libro con el siguiente texto en la portada, en el que habla de una mujer que era yo, que soy yo:
Hay una mujer, un ser humano que ya no quiere formar parte de la humanidad. Un ser que pone en juego su vida para no dañar a nadie ni a nada, un ser a quien un día deja de importarle en absoluto vivir o morir.
Tenía que leerlo. 

Se menciona mucho la acertada estructura narrativa del libro, que da voz al marido, al cuñado y la hermana de Yeonghye, mientras que ésta aparece silenciada. Pero en verdad es, y no es, del todo cierto. Al menos a mí me pareció escuchar todo el tiempo a Yeonghye. De una forma directa a través de sus sueños, y de una forma indirecta, pero clara y contundente, a través de su decisión. 

Las palabras mienten, camuflan, distorsionan. El comportamiento desenmascara.
Si pudiera dormir… Si pudiera dejar de estar consciente aunque fuera una hora…
Sus sueños. Ahí empieza todo. Y ahí empieza también mi entendimiento, mi comprensión. Por los sueños. Porque yo sueño mucho, porque he querido no dormir para no tener que soñar. Y ahí está la voz de Yeonghye, dándonos sus razones (He tenido un sueño). Y a través de sus sueños, vamos sabiendo sus motivos.
Me había vuelto una desconocida, pero no había duda de que era yo. No, al revés. Era un rostro visto innumerables veces, pero no era mi cara. No puedo explicarlo. Conocida y desconocida a la vez, fue una sensación vívida y extraña, terriblemente extraña.
Sentirse extraña, conocida y desconocida. Ser tú pero no ser tú. Algo ha cambiado, algo ha hecho clic. Como tener una visión de todo aquello que te rodea. Saber que no perteneces. No quieres pertenecer ni formar parte de aquello a lo que no perteneces. Y decides. Se llama coherencia.

Las razones de Yeonghye. 
Sí, están ahí, altas y claras:
¿Por qué  no me asusté entonces? Todo lo contrario, me sentí hasta serena. Fue como si una mano se posara en mi corazón. Como si repentinamente todo lo que me rodeaba se retirara como la marea.

Todo me parece desconocido, como si viera las cosas desde atrás. Como si estuviera encerrada detrás de una puerta sin picaporte. No es eso, será que estuve allí desde el principio y me di cuenta de ello repentinamente. Está todo oscuro. Todo está negro y machacado.

Solo confío en mis pechos. Me gustan mis pechos, pues con ellos no puedo matar a nadie. ¿Acaso las manos, los pies y los dientes, e incluso la lengua y la mirada, no son armas con las que se puede matar y herir a cualquiera? Pero los pechos no.
Yeonghye no usa sujetador. No le gusta. No le gusta que lo único en lo que confía (sus pechos) estén apretados, encerrados, constreñidos. Es lo único de su cuerpo que siente que es inocente, no violento, no agresivo, no dañino. Lo único puro. No usa sujetador, no le importa mostrar sus pechos. Y lo que para los demás es una provocación, moral o sexual, para ella es el inicio (junto a la decisión de no comer carne) de un camino hacia lo único que considera limpio, natural y verdadero. Y ese camino va a provocar en los demás una serie de reacciones que son, precisamente, aquello que induce a Yeonghye a recorrer, valiente, un camino sin retorno.
Nadie puede ayudarme.
Nadie puede salvarme.
Nadie puede hacerme respirar.
Así es, nadie ayuda, nadie salva, nadie hace respirar. A su alrededor, Yeonghye solo percibe violencia. Hay violencia en este libro. Pero la importante es la que aparece soterrada. Hay muchas formas de agredir. Y ella opta por oponerse a todo eso desde una postura pacífica, sin dañar a nada, sin dañar a nadie. Pero todos los que la rodean se sienten dañados, lo que ya es en sí mismo una forma egoísta de agredir a la propia Yeonghye.

La respuesta que de los demás recibe la metamorfosis de Yeonghye es áspera como una lija, amarga como una fruta podrida, atroz como un abismo bajo los pies, despiadada como una pesadilla, violenta y cruel como el asesinato de un niño. Como matar la inocencia.
“Tengo ganas de morirme”.
“Tengo ganas de morirme”.
“Entonces muérete”.
“Muérete”.

“Todo esto no tiene ningún sentido.
No puedo aguantar más.
No puedo seguir adelante.
No quiero seguir adelante”.

¿Y por qué no puedo morirme?
¿Y por qué no puede morirse? ¿Por qué? Porque no la dejan. Porque su verdad ofende, porque destapa, desnuda a todos: a su marido, a su cuñado, a sus hermana, a sus padres, a la sociedad… 
Tu propio cuerpo es lo único a lo que le puedes hacer daño Es lo único con lo que puedes hacer lo que quieres. Pero ni eso te dejan hacer.
Este libro nos interpela, nos cuestiona, nos señala. Si perturba es porque incomoda. Como un orzuelo en el ojo, un dedo que te señala, una cuchilla rasgando las venas. Es una lectura amarga, corrosiva, casi física. Necesaria. Cada libro tiene vida propia, y sin duda La vegetariana consigue provocar emociones muy poderosas y eléctricas; es de una franqueza y una calidad literaria incuestionables.

Estoy usando demasiadas palabras para hablar de este libro, no lo estoy haciendo bien. Es necesario escuchar el silencio de Yeonghye. Comprender su decisión. Hacerla mía.
Todos los árboles del mundo me parecen hermanos. 
Ir de lo corpóreo a lo etéreo. 

Desaparecer.

jueves, 1 de junio de 2017

Apegos feroces (Vivian Gornick)

Título original: Fierce Attachments: A Memoir
Traductor: Daniel Ramos Sánchez
Páginas: 196
Publicación: 1987 (2017)
Editorial: Sexto Piso
Sinopsis: “¿No podría limitarme a decir que hay que leer Apegos feroces, de Vivian Gornick? ¿Que estoy aquí´ para insistir en que este libro debe convertirse en bandera en el mundo entero, como es bandera en mi mente, una detrás de la cual marcho? Y aun así´, sosteniendo esta edición antigua, reparo en que hay ocho criticas positivas, todas bastante elocuentes, todas escritas por mujeres; ¿podría ocurrir que fuera el primer hombre que declara a favor de este libro?” (Jonathan Lethem)

La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora. Estamos atrapadas en un estrecho canal de familiaridad, intenso y vinculante: durante años surge por temporadas un agotamiento, una especie de debilitamiento, entre nosotras. Después, la ira brota de nuevo, ardiente y clara, erótica en su habilidad para llamar la atención.
Apegos feroces. Fue ver el título de este libro y sentir que algo me taladraba. Noté un vacío que reventaba en algún lugar debajo de mis pechos. Miles de demonios se desataron dentro de mí. Oí incluso el estruendo. Investigué algo más. Relación madre-hija. Hija luchando por encontrar su lugar en el mundo. Un mundo de mujeres. Zas. 

No. Zas no. No fue un zas. Fue un cataclismo. 

Tenía que leerlo. Y contarlo.

No conocía a la escritora y activista Vivian Gornick. Surge de la nada. Absolutamente desconocida. No es ningún obstáculo. Al contrario, lo desconocido me interesa. Voy a por este libro sin pensarlo. La cita anterior me la encuentro a las pocas páginas. Y ese espacio debajo de mis pechos, en el centro de ellos, se extiende hasta mi entrepierna y hacia los costados. Y estalla.
Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia. Pero paseamos por las calles de Nueva York juntas continuamente.
Madre e hija pasean. Caminan juntas. En ese paseo todo sucede: los recuerdos, la reconciliación, momentos de equilibrio, la rabia, los reproches, las sorpresas, la historia de sus vidas. Todos los cimientos que forjaron, confundieron y repararon a Vivian Gornick se reproducen en esos paseos. Como las manecillas de un reloj, de esos que te perforan los oídos: tac, tac, tac. Tac.
Me quedo sin palabras. No sólo callada, sino sin palabras.
Voy a rescatar una palabra: honestidad. Vivian Gornick es tremendamente honesta. Ferozmente honesta. Pocas cosas aprecio más en esta galaxia que la honestidad. Es lo único que puede salvarnos. Quiero a Gornick. No es solo que hable, lúcida y consciente, de la peliaguda relación madre/hija. Es que me encuentro de nuevo con uno de mis temas preferidos: la identidad. En este caso la identidad como mujer.
Todas nos entregábamos a nuestros placeres. Nettie quería seducir, mamá quería sufrir y yo quería leer.
Estamos hechos de muchas historias, pero también de muchas personas que han compartido nuestra vida en algún momento. Vivian Gornick creció en medio de dos estándares de mujer: para su madre el amor es lo más importante en la vida de una mujer (por encima de sí misma incluso). Para Nettie, la vida es seducir, satisfacer sus deseos, visibilizar su atractivo sexual, y todo ello por encima de la maternidad y también de sí misma.

¿Y Vivian? Vivian está atrapada entre dos modelos de ser mujer que no se corresponde con quien ella siente que es. Y eso le produce un desgarro continuo, un enfrentamiento consigo misma, con los hombres, con el trabajo, con su madre…, un enfrentamiento del que no es capaz de desprenderse a lo largo de su vida. No del todo. 
Eso es el amor. Sólo un concepto.
Vivian intelectualiza (al igual que hacía Susan Sontag) sus emociones, las analiza, las rastrea. Intenta conciliarse con ella misma, con su madre, con los hombres, con el trabajo. Intenta encontrar su identidad como mujer. Siente la rabia acumulada de que su madre (principalmente) no la vea, no la deje ser ella misma. Y describe con una clarividencia e inteligencia apabullantes cómo basta tan poco, un sutil ninguneo, para que la grieta que te atraviesa se agrande. Especialmente cuando ese invisibilizar tu propia esencia es un dardo lanzado por parte de personas hacia las que sientes un apego… feroz.

Apegos feroces es un libro profundo, impactante, bello. Y lo es de una manera peculiar: escrito con una claridad e inteligencia apabullante y un ritmo que te lleva de la mano, sin embargo contiene también numerosos filos, cuchillas que diseccionan la intricada raíz de la que estamos hechos, los nudos que conforman esa raíz. De forma magistral Gornick deshace esos nudos para mostrarnos de qué están hechos.
Ese espacio. Comienza en el centro de mi frente y termina en el centro de mis ingles. Varía de tamaño; unas veces es tan ancho como mi cuerpo y otras, tan estrecho como una rendija en el muro de una fortaleza. En los días en los que el pensamiento fluye libremente o, mejor aún, se esclarece con esfuerzo, se expande magníficamente. En los días en los que la angustia y la autocompasión lo anegan, se encoge, ¡qué rápido se encoge! Cuando el espacio es amplio y lo ocupo plenamente, degusto el aire, siento la luz, mi respiración se acompasa y se vuelve más pausada. Me siento en paz y emocionada, fuera del alcance de influencias o amenazas. Nada puede tocarme. Estoy a salvo. Soy libre. Pienso.
¿Qué es un apego feroz? Que Vivian con 48 años, su madre con 80, sigan paseando juntas, buscando una tregua que nunca llega, un punto de encuentro que desate la ira contenida, una puerta de salida que libere a la una de la otra. Su madre y Nettie convierten a Vivian en la mujer que es. Pero la incapacidad de separarse, los miedos, convierten inevitablemente a Vivian en quien no quiso ser: su propia madre.
De pronto, su vida ejerce presión sobre mi corazón.
Deslumbrada por la brillantez de este libro, no puedo hacer otra cosa que lo que hace Jonathan Lethem: amarlo.

viernes, 26 de mayo de 2017

Todos los nombres (José Saramago)


Título original: Todos os nomes
Traductora: Pilar del Río
Páginas: 336
Publicación: 1997 (2007)
Editorial: Alfaguara
Sinopsis: En el ambiente opresivo, cerrado y polvoriento de la Conservaduría General del Registro Civil trabaja como escribiente don José, un soltero solitario que un buen día decide crear su particular registro de personas famosas. No contento con los datos que le proporcionan periódicos y revistas, resuelve completarlos con los que posee, tan a mano, en el Registro. Para ello no tendrá más remedio que violar alguna de las normas de la Conservaduría.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.

Conoces el nombre que te dieron, no conoces el nombre que tienes.
Yo no vivo en una burbuja. No. Qué va. Vivo en varias. Me encierro en una o en otra según el momento. Una burbuja me protege de otra y me aísla de las demás y también de lo que hay fuera de ellas. Y tengo, claro que sí, también mis burbujas como lectora. Necesitaba, me apetecía, una que fuera zona de confort. Espacio de seguridad. Disfrute sin riesgo ni sacudidas. Pero con calidad. Deseaba continuar por mi paisaje de libros pero dejando atrás el vértigo de quien camina sobre la cuerda floja, de precipicio en precipicio.

Elegí la burbuja de José Saramago.

La precariedad que acompañó la infancia y juventud de Saramago (hijo de labradores y artesanos, madre analfabeta -que le regaló su primer libro-) creó en él una lúcida capacidad para indagar sobre la conciencia social y una actitud crítica que, junto a un estilo narrativo personal y una ética muy sólida, le llevarían a conseguir el Premio Nobel de Literatura en 1998.
La prudencia sólo es buena cuando se trata de conservar aquello que ya no interesa.
Era fácil elegir esta burbuja, aunque quise no ponérmelo demasiado cómodo acudiendo a sus obras más conocidas o a una relectura, así que elegí Todos los nombres, uno de sus libros de los que apenas tenía referencia y que estaba por la estantería. Curioso el título, puesto que en el libro no aparece ningún nombre, excepto el del protagonista, don José, un funcionario de la Conservaduría General del Registro Civil. Un hombre gris. Pero ya John Williams en Stoner nos enseñó las distintas tonalidades del gris y cómo es un color con luz propia. Así que intuía que detrás de esta vida gris podría encontrarme de nuevo con esas tonalidades tan luminosas como imperceptibles.

En esta ingeniosa, laboriosa, compleja, sutil arquitectura que crea Saramago, los nombres, que son todos, que no es ninguno (excepto el de don José), están contenidos en ese espacio cerrado y laberíntico que es el Registro Civil. Los vivos, los muertos, todos los nombres están. ¿Qué hay detrás de los nombres que aparecen en cada papel, documento, carta, registro, carnet...? Nada. Somos nombres en un papel, desperdigados por archivos que van contando nuestra vida: nació en tal fecha y lugar, estudió aquí o allá, se mudó de un sitio a otro y otro, compró tal piso, sacó el carnet de conducir en tal año, se compró esto o aquello, ingresó taitantas veces en el hospital, se casó o no, se divorció tal vez, trabajó en esto o lo otro… Nuestro nombre registrado por un lado y otro. Nuestra vida en papel.
… son como una nube que pasó sin dejar señal de su paso, si llovió no llegó para mojar la tierra.
Pero don José, el de la vida anodina y gris, necesita rebelarse contra esa nada que son los nombres en un papel, rasgar la monotonía, poner patas arriba el orden. No quiere resignarse. Y es entonces cuando el gris empieza a brillar. Hay almas, hay vidas, detrás de los nombres. Y decide ir a la búsqueda de un nombre. El nombre de una mujer desconocida. ¿Con qué fin? No nos queda claro. No todo tiene explicación. No es tan importante conocer sus razones, si es que las tuviera. Lo importante es lo que le empieza a suceder a partir de entonces. Empieza a moverse. A salir de la inercia, de la monotonía. Busca, indaga, se plantea, se cuestiona…

Leer a Saramago nunca supone irse de vacío. Su escritura, mordaz, irónica, elegante, sus alegorías y metáforas, conllevan siempre un mensaje y unas reflexiones que van más allá de la historia, que no se queda al margen, sino que es el hilo conductor. Sutil y sólido a la vez. Una historia original, opresiva, melancólica, que consigue mantener el interés de forma constante mientras vas percibiendo ese mensaje sobre los seres humanos, la vida, la muerte, nuestras vidas, las ajenas. Si estamos vivos cuando morimos, si estamos muertos en vida. Las motivaciones, decisiones, impulsos. La intrincada, confusa y aparatosa armazón de la sociedad. No, no nos vamos de vacío.

Puede que el estilo narrativo de Saramago incomode a algunos, con ese saltarse algunas reglas gramaticales, sustituir signos de puntuación por comas, la ausencia de guiones, paréntesis, comillas… pero lo cierto es que consigue lo que pretendía: un diálogo con el lector en el que éste pone de su parte. Además, Saramago escribe y cuenta tan bien que su peculiar estilo no llega a ser obstáculo porque lo que quiere decir lo dice, lo que quiere contar lo cuenta y su parte la cumple sobradamente. El resto está en nuestras manos. 
No parezco yo, pensó, y probablemente nunca lo había sido tanto.

viernes, 19 de mayo de 2017

Clavícula (Marta Sanz)


Páginas: 208
Publicación: 2017
Editorial: Anagrama
Sinopsis: Durante un vuelo, a Marta Sanz le duele algo que antes nunca le había dolido. Un mal oscuro o un flato. A partir de ese instante crece el cómico malestar que desencadena Clavícula.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.


Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado. La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece.
No sé qué es este libro. Sé lo que no es: no es una novela. No es ficción. Vale, es autoficción. Pero es más. No es solo que a Marta Sanz un día, mientras viaja en avión, sienta un dolor en la clavícula y luego reflexione en torno a ese dolor. No es solo que Marta recoja sus fragmentos y escriba sobre lo que le duele. No. Si tengo que decir qué es este libro diría que es un grito desgarrador y sentido, un quejido. Una pena y una queja subterránea, primaria.

A Marta le duele la clavícula mientras viaja sola. Y en ese dolor toma conciencia de los miedos que habitan en ella y de lo indefensa que se siente. El cuerpo tiene algo que decirle y Marta está dispuesta a escucharlo. E inicia entonces un recorrido para ponerle nombre a ese dolor, un trayecto que se inicia rozando la hipocondría y que termina con una reconstrucción, o al menos una purga. Valiente Marta, honesta Marta, va escribiendo sus reflexiones, sus emociones, sus sentimientos… y nos lo cuenta. Sin red. Porque está harta del silencio. De que miremos a otro lado. Estoy segura de que odia tanto a Mr. Wonderful como yo.
No me puedo resistir a los mandatos de mi época. Los reconozco, me resisto, me vencen. Peno.
Hay quien puede pensar que este libro es algo impúdico, con lo que de obsceno tiene la impudicia. Pero en verdad lo obsceno e impúdico es lo que causa el dolor de Marta. ¿Qué le provoca ese dolor? Creo que sobre todo el silencio. No cualquier silencio. Marta está harta de que no se hable, que no se hable sobre la edad, sobre la menopausia, sobre los miedos, sobre cómo nos ahoga una sociedad capitalista a la que le hacemos el juego, sobre la tristeza, la ansiedad, el cuerpo, la enfermedad, la explotación de la mujer, la dependencia del dinero…

No os equivoquéis. No esperéis que Marta le vaya a poner nombre al dolor. Es verdad que se lanza a una búsqueda desesperada de un nombre, de una localización de ese dolor, para extirparlo, para ponerle remedio. Pero finalmente no lo etiqueta. Son demasiados nombres los que puede tener el dolor de Marta, que es también el mío y, quién sabe, tal vez también el tuyo. 

Ya sabemos que hay muchos expertos en descubrir síntomas en los demás. Diría incluso que hay cierta avidez por ofrecernos ayuda. Depresión, ansiedad, fibromialgia, menopausia, angustia, estrés, hipocondría, somatización… Enseguida llueven las etiquetas. Pero ¿es una enfermedad sentirse triste, tener miedo? Ahora dicen que sí…
Quiero domar el dolor como si fuera un animal salvaje.
Hace tiempo podías mirar melancólicamente por la ventana y hasta por la vida; dar un portazo, salir a pasear bajo la lluvia, llorar sin esconderte… sin que por ello tus conocidos se ofrecieran a auxiliarte a base de terapia casera. Hace un tiempo, creo, no éramos tan simples como para creer que todo el mundo debía de dar muestras continuas de estar bien adaptado o, simplemente, bien. Ahora la sociedad entera está cargada de jerga diagnóstica y de expresiones (o sentencias) terapéuticas. Todo el mundo sabe lo que está bien y lo que está mal… Menos yo, que no me aclaro y siento que lo vivo todo del revés. Extraterrestre.

En fin, hace tiempo teníamos el buen gusto de reconocer el desaliento, la desesperanza, incluso el fracaso, como normales: se creía que las disputas eran prácticamente inevitables, que nadie estaba destinado por la suerte o la bioquímica a sentirse siempre contento. Yo hasta estaba (estoy) convencida de que era un signo de cordura la capacidad de entristecerse cuando la realidad, o el cuerpo, así te lo pide.
A mí, sin embargo, me gustan los libros que producen orzuelos. Los que abren estigmas en las palmas de las manos. Los que aprietan la garganta y nos cortan la respiración.
Por eso he valorado y agradecido intensamente lo que hace Marta en este libro. Ser auténtica. La autenticidad hoy en día es una virtud poco valorada. O mejor dicho: valorada de forma errónea. Se considera que ser auténtico es decirle a un gilipollas que es gilipollas. Decir las verdades del barquero (que a lo mejor tampoco lo son, no nos engañemos) sin pelos en la lengua. Pero no. Marta no es sincera. Tampoco es que mienta. Es que hace un doble salto mortal (sin red, insisto): es auténtica. Tiene la autenticidad de no ocultar su miedo, su dolor, su tristeza, sus preocupaciones, lo aprisionada que se siente en esta sociedad que nos está robotizando, consumiendo y anulando la capacidad de sentir y casi de vivir. A costa de obligarnos a ser felices, trabajar horas y más horas, dormir 8 horas mínimo, comer tal y pascual, padecer enfermedades que antes no lo eran, demonizar la tristeza.

Hace no mucho no se ponía en tela de juicio el derecho de cada uno a sentirse triste, a que te duela el alma. Pero ahora… ahora el desaliento, el desánimo, ya no es tal: es simplemente un “síntoma”. Una derrota ya no es una derrota, es el deseo inconsciente de fracasar, el triunfo de la cobardía o de la indefensión o una autoestima de mierda. Ahora si no eres feliz es porque quieres, faltaría más, de qué te quejas si vivimos en una sociedad perfecta donde, curiosamente, los libros de autoayuda se venden como churros. Y digo yo… si en verdad funcionaran… ¿por qué hay tantos? Los libros de autoayuda crean indefensión, más indefensión todavía. Para mí son un curioso ejemplo de cómo la (presunta) ayuda termina por generar más necesidad de ayuda. 
Somos tantas las locas. Tantas.
Pues así es: el desaliento, la desesperanza, el cansancio, el descuido, la apatía, la hartura, el dolor, el grito, la tristeza, el estrés… no son más que síntomas de alguna enfermedad. No somos nadie. No se me interprete mal, no seré yo quien critique a los profesionales de esto. A esos con título. Tratan de curar a los realmente enfermos. Lo que digo, de lo que me lamento, y de lo que creo se lamenta Marta Sanz también, es sobre la trillada opinión popular de que si uno no se siente eufórico, si uno se siente triste y solitario, si prefieres escuchar a hablar, si te aburres mortalmente, si te agota que nadie quiera ver lo que está sucediendo en esta sociedad enfermiza e hipócrita… es que algo debe de andar mal en tu cabeza. O en tu alma.

Y no, sucede que a veces sentirse triste, tener miedo, es reinventarse, crear de nuevo cada gesto ya añejo, dejarte llevar por emociones que no quieres esconder, bucear en un calidoscopio de sensaciones. A veces el dolor, ese dolor sin etiqueta ni localización, es un punto de partida, un dolor cargado de futuro. No un síntoma, no una enfermedad, no una rareza. Marta, y yo con ella, reclama su derecho a ese dolor, a mostrarnos las razones que lo causan. No renunciar al miedo, a la tristeza, a la angustia, al grito. Porque cualquier día, a este paso, será un delito. Y no hay mayor delito que el silencio que oculta la verdad de lo que nos sucede. No hay mayor delito que la táctica del avestruz.

Marta reivindica un cuarto propio, como ya hizo Virginia Woolf. Un cuarto propio no solo para escribir, sino también para VIVIR.

Gracias, Marta Sanz. Por la rebeldía y por la autenticidad. 
Escribo de lo que me duele.
Ay.


lunes, 15 de mayo de 2017

Un día en la vida de una mujer sonriente (Margaret Drabble)

Título original: A day in the life of a smiling woman
Traductor: Miguel Ros Gonzaléz
Páginas: 272
Publicación: 2011 (2017)
Editorial: Impedimenta
Sinopsis: Esposas sin maridos. Madres y hermanas. Mujeres que se debaten entre la vocación artística y las exigencias familiares. Científicas que han decidido dejar de teñirse el pelo y de ir por la vida disculpándose por cada paso que dan. Amor no consumado, vanidad y soledad. El poderoso universo ficcional de Margaret Drabble se concentra en estos cuentos que abarcan cuatro décadas de producción literaria. Una madre trabajadora que puede con todo y acaba sus enloquecidos días con una sonrisa. Una prestigiosa investigadora que acaba de recibir el Nobel por el descubrimiento del «gen de la vanidad». Una mujer que suspira aliviada cuando muere su esposo, y una romántica empedernida que busca el amor en los trenes. 
Podéis empezar a leer las primeras páginas AQUÍ.
No sé qué decirle, parece tan frágil que una sola palabra podría herirla.
Margaret Drabble se cruza de nuevo en mi camino por obra y gracia del Club de Lectura organizado por la librería-café La Madriguera y porque se puede contar constantemente con la bella gente del equipo editorial de Impedimenta. A la cita acudió, sonriente, apasionada y siempre con un libro bajo el brazo que encaja en algún hueco de mis estanterías, Pilar Adón, que sigue debiéndome un tiempo sin reloj… cuando lo tenga para ella misma. Como es habitual, nos contagió su pasión y sus conocimientos y nos contó interesantes historias sobre la trastienda de las editoriales y, más concretamente, historias y detalles no siempre conocidos por el lector sobre el libro que era objeto de debate. Un lujo siempre contar con Pilar o cualquiera de las interesantes, amables y entusiastas personas de Impedimenta.

Así que otra vez con Drabble entre manos, en esta ocasión con un libro que reúne todos sus relatos. Ordenados cronológicamente, hay que decir que esa cronología no se corresponde al momento en que los escribe, sino a cuando son publicados. En cualquier caso, se puede apreciar la evolución de Drabble como escritora, pero también como persona que no es ajena a lo que le rodea, a lo que le sucede, a quien es, a sus intereses y a lo que quiere contar. De hecho, las mujeres de los primeros relatos son jóvenes e inquietas, y las protagonistas de los últimos relatos son mujeres que en cierta manera maduran y encuentran la paz a través de la reconciliación consigo mismas. 
Estaba cautivado por los primeros cinco minutos del amor, ese intervalo breve, indefinido y trepidante que llega antes de la cotidianidad, el cariño, la desilusión, la podredumbre y el declive.
Porque la sinopsis y el título me lo indican, comienzo a leer pensando que es un libro de mujeres, así que me sorprende que en el primer relato (y en alguno más) la voz protagonista que escucho sea… la de un hombre. Pero, y he aquí la magia de Drabble, cuando termino el libro sé que he leído, de principio a fin, un libro sobre mujeres. Mujeres que sueñan, mujeres que temen, mujeres que aman, mujeres que no aman, mujeres que sonríen, mujeres que observan, mujeres que buscan, mujeres que deciden, mujeres solas, mujeres que callan, mujeres que no se callan, mujeres cansadas, mujeres que luchan, mujeres que trabajan más que nunca a partir de la emancipación (laboral) de la mujer (o sea, antes trabajabas en casa. Ahora trabajas en casa y fuera de ella, a eso se reduce, en la mayoría de los casos, la liberación e independencia de la mujer hoy en día: a trabajar el doble).

Cuando leí La niña de oro puro, la sensación que predominaba era la de un libro sólido, inteligente. Brillante. Con Un día en la vida de una mujer sonriente he podido apreciar y discernir más nítidamente qué era lo que me gustaba de esta autora.

Técnicamente Drabble es impecable: en cada relato va al grano desde el primer párrafo, crea una atmósfera, unos personajes y, en pocos trazos, una historia que contar, una razón para que tú quieras seguir leyendo. Y todo ello, con un lenguaje nada pretencioso ni artificioso y un fondo de ironía muy atractivo. Las formas, en este caso, se basan en una estructura sencilla, minimalista casi, un lenguaje directo y nada sofisticado ni lírico pero que se conecta de tal manera que muestra de una forma ingeniosa y profunda esos recovecos del interior del ser humano que son invisibles para los demás y que, sin embargo, mueven nuestra conducta y nuestras decisiones. 
Hacen falta dos personas para separarse, al igual que hacen falta dos personas para amar.
Hay muchos lectores que no se sienten atraídos por los libros de relatos. Las razones son variadas y muchas de ellas tienen que ver con la sensación de que en un relato las historias se quedan incompletas o que no les satisfacen los finales o que prefieren una historia con un principio, un desarrollo y un final cerrado. Y yo siempre he pensado que eso solo sucede si se cuenta la vida de una persona desde que nace hasta que muere porque (siempre lo he dicho) las personas somos muchas historias y todas se pueden contar (o no), cada una de ellas puede ser un libro. Y sin embargo, las historias no tienen final, siempre continúan. Por eso, me gustan los libros que cuentan varias historias en una, o también los relatos, que nos muestran una mirada en la vida de una persona en un momento puntual, en unas circunstancias concretas, en una situación que, no por efímera, impide contar toda la vida de una persona o incluso de una sociedad… o de la humanidad entera. Historias que se cuentan a partir de lo cotidiano, del día a día, porque un instante puede ser una historia que contar.
Ella sabía que la poesía de la inspiración era, hasta cierto punto, la poesía de la ignorancia, y sacar conexiones entre determinados símbolos, una locura destructiva.
Las historias que nos cuenta Drabble tienen esas características. Por ejemplo, y sin ir más lejos, en el relato que da título al libro, Un día en la vida de una mujer sonriente, asistimos al día de una mujer (sonriente)... y en ese día, se muestra toda la existencia de esa mujer. Cómo señaló Pilar Adón ¿os recuerda a algo?... Efectivamente, a La señora Dalloway, de Virgina Woolf. Y Drabble lo hace no en un libro, sino en un relato de poco más de 30 páginas. 

Y así con todas las historias. Pocas páginas, una historia que contar. Y, he aquí otra vez la inteligencia y habilidad de la autora, son historias completas. Cerradas. Cada historia tiene su propia personalidad. Lo que no impide que dejen margen al lector para poner su parte para interpretar lo que acaba de leer. Sutil, inteligente y no al alcance de cualquiera. 

Porque el lenguaje directo, llano y transparente de Drabble no le impide, ni mucho menos, mostrar lo implícito, lo invisible. Pone palabras ahí donde no siempre las tenemos. Mostrar desde lo cotidiano aquello en lo que podemos reconocernos: inquietudes, temores, certezas, dudas… los mimbres con los que nos construimos cada día sin casi no ser conscientes de ello. 

Termino, pero no quiero hacerlo sin compartir una interesante curiosidad que, de no ser precisamente porque contábamos con el privilegio de tener a Pilar Adón, se nos habría pasado por alto. El relato La viuda alegre habla de "una mujer que suspira aliviada cuando muere su esposo”. Podríamos pensar, por aquello de lo autobiográfico que, de forma más o menos evidente, puede haber en todos los relatos que ese relato en concreto puede tener que ver con el divorcio del primer marido de Drabble ¿no? Pero si de repente Pilar Adón te hace observar el detalle de que la fecha del relato coincide con el fallecimiento de la madre de Drabble, entonces la lectura cobra otra dimensión ¿verdad?

Y eso me fascina de los libros: que quien los escribe está detrás, dentro de ellos, atravesándolos.

Todos los relatos me han parecido interesantes, atractivos, admirables. Pero hay uno que, de forma extraña, me ha impacto más: Los regalos de la guerra. Y ahora me queda a mí, la lectora, esclarecer(me) las razones de ese impacto. La magia de los libros.
Quienes olvidan, olvidan, le diría él más adelante, quienes no olvidan, volverán a encontrarse.