lunes, 20 de marzo de 2017

Las cosas que perdimos en el fuego (Mariana Enríquez)

Páginas: 200
Publicación: 2016
Editorial: Anagrama
Sinopsis: Las autodenominadas «mujeres ardientes», que protestan contra una forma extrema de violencia doméstica que se ha vuelto viral; una estudiante que se arranca las uñas y las pestañas, y otra que intenta ayudarla; los años de apagones dictados por el gobierno durante los cuales se intoxican tres amigas que lo serán hasta que la muerte las separe; el famoso asesino en serie llamado Petiso Orejudo, que sólo tenía nueve años; hikikomori, magia negra, los celos, el desamor, supersticiones rurales, edificios abandonados o encantados... En estos once cuentos el lector se ve obligado a olvidarse de sí mismo para seguir las peripecias e investigaciones de cuerpos que desaparecen o bien reaparecen en el momento menos esperado. Ya sea una trabajadora social, una policía o un guía turístico, los protagonistas luchan por apadrinar a seres socialmente invisibles, indagando así en el peso de la culpa, la compasión, la crueldad, las dificultades de la convivencia, y en un terror tan hondo como verosímil.
Puedes leer las primeras páginas AQUÍ.

Últimamente leo muchos libros de relatos. Me gusta este género. Historias cortas conectadas (o no) por algún denominador común. Es como la vida, somos historias, muchas, algunas se engarzan entre sí de forma natural, otras planean como satélites que orbitan alrededor... Sí, quizás es por eso: sin duda, si mi vida fuera un género literario sería el de relatos. 

No sabía qué esperaba de este libro, que veía mucho por las redes sociales pero al que llegué pensando que las historias que contenían eran diferentes, lo que no esperaba era encontrarme con relatos de “terror”. Si bien es verdad que ninguna de las historias me ha provocado miedo, porque me provoca más angustia la vida real, sí es cierto que te desazonan lo suficiente como para seguir leyendo, pese a la inquietante zozobra con la que vas pasando páginas.

Llama poderosamente la atención uno de los recursos utilizados por Enríquez: los finales. Algo difícil de manejar y que, sin embargo, en este libro son decisivos para provocarte desasosiego. Lo que hacen los finales de estos relatos es abrir puertas. Una elección meditada por parte de la autora, y que solventa con acierto. Cada relato finaliza con una puerta abierta a un relato que, entonces, empieza o continúa en la mente del lector. Finales que abren puertas. Eso es genial ¿verdad? Pero mejor que no se nos olvide de cerrar la puerta que hemos dejado atrás antes de atravesar una nueva…

Lo que convierte a cada historia en una historia eficaz es precisamente que sea inacabada y abierta, además de la “naturalidad” de las situaciones que presenta Enríquez, situaciones y acciones que debieran ser desconcertantes, pero que nos presenta de tal forma que asumimos como “normales”. Bien es verdad que mi frontera entre lo normal y lo que no lo es está muy desdibujada, pero es mérito de la autora, qué duda cabe, que convierta cada historia en algo hipnótico, pese a que eres consciente de lo que de insano e inquietante hay por debajo. 

Los ingredientes están a nuestra disposición y son manejados y combinados con pericia. Lo sobrenatural, pero también personajes realistas en una sociedad reconocible. Se exploran fronteras entre lo fantasmagórico y las debilidades humanas, los trastornos y la fantasía terrorífica, la incomunicación y el horror, lo cotidiano y las tradiciones…

Todo envuelto en una atmósfera oscura, como corresponde al género en el que se mueven estos relatos. Un terror realista a veces, fantasmagórico otras, que sobresalta por los mimbres de cotidianeidad con los que se construyen. Que algunos de estos relatos transcurran en el interior de casas nos provoca esa sensación de que no estamos seguros en ningún sitio. Todo puede pasar en cualquier lugar porque, en verdad, el miedo, el pánico, está en nuestro interior. Lo llevamos incorporado como buen mecanismo de supervivencia que es.

Que las protagonistas sean mujeres, que el entorno en el que transcurren las historias sea el de la pobreza y la miseria, ambientes precarios y ruinosos, no hace otra cosa que envolverlo todo de un realismo que es lo que resulta más turbador y sofocante.

No hay una lírica que intente engatusar al lector, el terror no necesita de adornarse con una narrativa poética o alambicada. Es la sencillez de lenguaje utilizado por Enríquez lo que da más fuerza y contundencia a lo que cuenta y lo que finalmente te convence.

martes, 14 de marzo de 2017

Acuario (David Vann)


Título original: Aquarium
Traductor: Luis Morillo Fort
Páginas: 224
Publicación: 2015 (2016)
Editorial: Penguin Random House
Sinopsis: A sus doce años, Caitlin vive junto a su madre, Sherri, en una casa de protección oicial de un barrio suburbial de Seattle. Después del colegio, Caitlin espera cada día en el acuario de la ciudad a que Sherri la recoja. El acuario es un universo apasionante y reluciente de criaturas marinas y un refugio donde Caitlin alimenta su imaginación y deposita todas sus esperanzas. Pero la rutina de estas tardes frente a los tanques de peces se rompe el día en que un adorable anciano entabla conversación con ella y, poco a poco, el desconocido se va ganando su confianza. El día en que Sherri averigua de la existencia de este nuevo amigo, el frágil mundo que ha logrado construir junto a su hija a lo largo de los años se hace añicos.
Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ


¿Qué sentido tienen los caballitos de mar?
Fue por la portada. No pude evitar recordar otra y también una pregunta (¿Te gusta la portada de La niña del faro?). Me palpitó el caballito de mar que tengo tatuado en la yugular y cuando quise darme cuenta ya lo tenía en la mano.

¿Vann? No había leído nada de él, aunque conozco su vida, su drama personal, que intenta purgar a través de la escritura. Dicen que este libro es algo diferente a lo que ha escrito hasta ahora. No me importa. No he leído nada suyo, insisto, así que este será el Vann que vaya a conocer.
El precio de esconderse. Basta con aguantar un minuto la respiración para comprobar en qué se convierte un minuto.
Y claro, ya estoy en conflicto. Tengo que separar las dos lecturas simultáneas que hice de este libro. Una, la de lectora, sin más. Una lectora últimamente quisquillosa y exigente, es verdad.  Y otra, la del mensaje que este libro tenía para mí, justo en los días que lo leí y que me produjo un tremendo desasosiego por la coincidencia con ciertas circunstancias y cómo me rozaban a mí. Así que de esta última lectura no puedo/quiero hablar. Y la persona con la que podría hablarlo no es posible porque ya hace mucho que no me sabe leer, si es que alguna vez lo hizo.

Así que vamos a quedarnos con las sensaciones de la lectora quisquillosa y exigente. ¿Y qué sensaciones son esas? Confusas, bastante confusas. Contradictorias incluso. Caitlin es el personaje que sostiene totalmente Acuario. Todos los demás se tambalean. El abuelo, Steve… no me resultan creíbles, están como “puestos” ahí para justificar una historia, son excusas necesarias pero están tan… forzados, que me desmontan toda la historia.
Con los padres todo es posible. Los padres son dioses. Nos crean y nos destruyen. Modifican el mundo a su antojo, a su imagen y semejanza, y ese es el mundo que nosotros conocemos después. El único. No nos es posible ver cómo podría haber sido de otro mundo.
¿Y Sherri? Pues no sé qué pensar. Es como si habitaran dos Sherri dentro de ella, la Sherri hija y la Sherri madre. He sido muy comprensiva con ella. Con la Sherri madre. Muchísimo. No me quedaba otra. Soy muy comprensiva con las múltiples personalidades. Pero aun así, me ha parecido excesiva.

Creo que el problema con esta lectura ha sido ese, que muchas situaciones me han parecido forzadas, impuestas por la propia necesidad de Vann de mostrar lo dañinas y violentas que pueden ser las relaciones familiares y, a la vez, por la no menos necesidad de darle una resolución amable. Un final feliz. Que ya sabemos que no existen, y por eso desafina.

¿Qué debemos por lo que vino antes que nosotros, las generaciones previas. […] No podemos penetrar en ese mundo fantasma para efectuar el pago, ese es el problema.
Sí me ha gustado, y mucho, el planteamiento de las herencias familiares. Y no me refiero a las económicas, que ya sabemos que de por si son fuente de conflicto y el detonante que visibiliza la fragilidad de los lazos familiares. Me refiero a otras herencias: las emocionales, la de los fantasmas y traumas vividos por las generaciones que te preceden, mucho menos perceptibles pero no por ello menos dañinos. Se heredan, se imponen, condicionan. Machacan. No las has vivido tú, pero las padeces. La forma que utiliza Vann es clara: sabe que vivimos en un mundo cruel y no nos va a ocultar la violencia. Ni siquiera la agresividad (física y emocional) que habita dentro de las familias. La que anida dentro de cada uno de nosotros como una víbora agazapada. No evita la bofetada, la provoca hasta descerrajarte la cara. ¿Se puede perdonar a tu propia familia?
Creo saber el momento que quieres oír, porque tomé una especie de decisión. Hubo un cambio, por decirlo así. Pero no puedo empezar desde el principio. Nunca he sabido hacerlo. Tengo que empezar por el final e ir retrocediendo y la cosa no termina nunca porque no puedes retroceder toda la vida.
Tal vez para Vann el sentido que tienen los caballitos de mar sea una pregunta sin respuesta. Pero para mí los caballitos de mar no solo tienen todo el sentido, mi propio sentido, es que además creo firmemente que más que una pregunta son en sí mismos una respuesta. Y con esta discrepancia, no menor, nos hemos topado. Y no voy a temporizar ni transigir en nada que tenga que ver con los caballitos de mar.

Las erratas (varias) del libro tampoco ayudaron mucho, y para muestra un botón, tal cual, o sea, sic (pág. 42):

Aquí tienes diez dólares el puesto de comida ambulante, cuando te entre hambre.
Malditas portadas…

(©AnaBlasfuemia)

miércoles, 8 de marzo de 2017

Mi hija Marie (Nadine Trintignant)


Título original: Ma fille, Marie
Traductor: Manuel Serrat Crespo
Páginas: 160
Publicación: 2003 (2004)
Editorial: Martínez Roca
Sinopsis: Carta abierta a una víctima de la violencia de género. Durante el rodaje de una película en Vilnius, a las órdenes de su madre, la actriz francesa Marie Trintignant murió, tras una paliza propinada por su pareja, el cantante Bertrand Cantat vocalista del grupo de música Noir Désir. Su muerte desencadenó una fuerte polémica en los medios de comunicación internacionales. Su madre, la realizadora de cine Nadine Trintignant, ha volcado en esta estremecedora narración sus vivencias y sus últimos días junto a su hija, en un texto que es, tanto una terapia personal, como un documento de denuncia contra la violencia doméstica.


Pero somos lo que hacemos. Ni más ni menos.

Hechos: La noche del 26 al 27 de Julio de 2003 Bertrand Cantat propinaba una brutal paliza a Marie Trintignant. Hasta 17 golpes le descargó Bertrand a Marie, provocándole un derrame y un edema cerebral que la dejarían en coma.
Un bofetón nunca es anodino, un bofetón nunca es un accidente.
Hechos: Después de apalearla salvajemente, Bertrand tumbó a Marie en la cama, tapó su rostro con una manta y dejó pasar horas, hasta siete, antes de que se avisara a una ambulancia. Esas horas sin recibir atención médica le costaron la vida a Marie. Miento: lo que le costó la vida fue todos y cada uno de los 17 golpes bestiales que le atizó Bertrand.
Creíste que tu asesino te amaba. Quería poseerte. Que fueras suya y sólo suya. Eso no es amor, eso no es pasión: es posesión.
Hechos: Días más tarde, el 1 de agosto de 2003, Marie fallecía después de varias operaciones. Bertrand, que alegó que fue un “accidente y no un crimen”, fue condenado a 8 años de prisión. Apenas cumplió tres.
La trampa en la que caen, en la que tú caíste, es creer que ibas a cambiar a tu asesino. No se cambia a nadie.
Hechos: Bertrand retomó su carrera musical. Marie… ah… Marie no pudo retomar nada.
No me atrevía a ir más allá de los límites de la discreción que una madre debe a su hija. ¡Qué error, amor mío!
Hechos: Nadine, madre de Marie, escribe una carta en la que relata lo sucedido y vivido durante esos días, a la vez que recuerda a su hija y llena cada página de un repetitivo e intenso “no vi”, “no comprendí”. Al poco del fallecimiento de Marie, se publica la carta, que es este libro, cuyo testimonio pretende crear una conciencia de denuncia de estas situaciones de violencia de género, así como cambiar una ley que condena con penas irrisorias a los asesinos. Nadine es acusada de exhibicionista, impúdica, vengativa y de alimentar el sensacionalismo por publicar esta carta. 

La madre de la mujer asesinada es acusada por la sociedad. 

Bertrand pasa menos de tres años en la cárcel.
No vi. No comprendí.
¿Estamos locos? Locos no sé. Ciegos lo estamos en muchas ocasiones. Insensibles. Luchar contra la violencia de género no es algo puntual. No es un 8 de marzo. Es un compromiso constante, cada minuto, cada hora, cada día, cada mes, cada año y cada vida. La lucha contra las personas manipuladoras, mentirosas, dañinas, tóxicas… cada minuto, cada hora… constantemente.
Están los egoístas y los que dan.
Mi hija Marie es un libro estremecedor. No por su estilo literario (inexistente, pese a ser Nadine guionista y directora de cine), sino por su testimonio. No hay un esfuerzo por escribir bien ni bonito. Hay un esfuerzo por retener a una hija que ya no está, por comprender lo sucedido, por purgar la culpa (No vi. No comprendí). Hay muchas víctimas alrededor de una víctima de violencia de género. Ninguna de ellas es el verdugo, por muchas condenas que este cumpla. La justicia es injusta. Quizá la vida también lo sea, si un asesino puede seguir con su vida después de quitarle la vida a su pareja porque… ¿por qué? ¿por qué? No hay ningún por qué. Nunca lo habrá.
No hay título de amor para los que golpean. El amor transciende y conmueve la vida. El amor puede romper los corazones. No los cuerpos. El amor sigue siendo lo mejor que podemos ofrecer. No lo peor.
Ni una menos. Ni una. Vivas, así nos queremos. Así te quiero. Así me quiero.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Yo te quise más (Tom Spanbauer)

Título original: I Loved You More
Traductora: Cruz Rodríguez Juíz
Páginas: 444
Publicación: 2013 (2015)
Sinopsis: Ben fue un iluso al creer que podría amar a un hombre y luego a una mujer, «dos personas extraordinarias, dos formas únicas de amar, de décadas diferentes, en extremos opuestos del continente», y salir indemne. Hank y Ben establecieron una profunda amistad en el Nueva York de los años ochenta, mientras aprendían a convertirse en escritores. Hank era heterosexual, y Ben, a pesar de haber estado con mujeres, un homosexual en toda regla. En los años noventa, Ben, ya sin Hank y enfermo de sida, se enamoró de Ruth, una de sus estudiantes de escritura creativa en Portland. El día que Hank apareció de nuevo en escena, nada pudo evitar que se cumpliera aquella famosa regla del tres, según la cual a un trío siempre se le acaba sumando un cuarto o restándosele uno. Y en este caso fue Ben quien quedó fuera.
Puedes leer las primeras páginas AQUÍ
Si el afecto equivalente no es posible, que sea yo quien ame más (W.H. Auden)
Si pudiera escribir un silencio, largo como una travesía, hondo como un quejido, profundo como un aullido, lleno de todos los sentimientos que hacen cimbrear cada poro de mi piel, cada fibra de mi alma… si pudiera escribir ese silencio, exactamente ese es el que escribiría para hablar de este libro. Pero los silencios existen y no se escriben. Se callan.
Por mucho que lo intentes, tú solo no puedes inventarte un mundo así. Ese espacio, cómo te pierdes en él, cómo te sientes, exige ser dos.
Podría decir que empecé a leer este libro el día que lo compré. O el día que metí otro exactamente igual en una caja. O que lo empecé a leer tiempo después, en mayo de 2016, cuando alguien me manda una fotografía de su portada intentando restituir un puente (¿de dónde a dónde? ¿de quién a quién?). O que, finalmente, lo empecé a leer el 27 de diciembre de 2016, camino a Merzouga. Y todas las veces fueron verdad y no lo fueron ¿hacen medias verdades y medias mentiras una verdad entera? (va a ser que no). En cualquier caso, un libro que he hecho esperar. De esos que son bombas de relojería en el estante, que lo ves palpitar cada vez que lo miras, que sabes que te está esperando, que te llama, que tiene una historia para ti.
Es como escribir […] Tienes que ir a donde duele.
7 años tardó Tom Spanbauer en escribir y publicar este libro. Y casi 70 días los que yo he estado con él. Los que el libro ha estado conmigo. Por mar, por tierra, por aire, por arena, por el desierto. Yo te quise más, en todo momento, lugar, beso, faro, silencio, mirada, abrazo, lágrima, mentira, ausencia, mano, desprecio, respiración, poema, pesadilla, salto, promesa, enfermedad, canción, silencios, aprecio, cronopio, olvido, encuentro, reencuentro, desencuentro, aire, preguntas sin respuesta, vínculo, carrera, ninguneo, liberación, cima… en todo momento a mi lado. (Yo te quise más). Para qué las prisas, una no solo vuelve a los lugares en los que algún día fue feliz, también quiere quedarse en donde lo está siendo. O, si no siendo feliz, al menos sintiendo que la bombilla en el pecho arde hasta volverse incandescente. Libros que no se leen, se viven. Te viven. Tenía que ir a donde dolía. Y contarlo. Así.

Tom Spanbauer se mueve como un cardumen en lo que él llama “escritura peligrosa”. Con ella minimiza la fricción de la vida y sortea al depredador que todos llevamos dentro. Y a los que hay fuera (¡líbrenos el metabolismo de todo ente tóxico!). Juntar a un autor que maneja con virtuosismo la escritura peligrosa con alguien que practica con cierta asiduidad la lectura peligrosa… ¿es un peligro? No. Es la combinación perfecta. Una lectora peligrosa se encuentra con un escritor peligroso. Como mucho es una osadía. El resultado es emoción burbujeando a cada página, a cada párrafo. Es comprensión, conexión, la lectura perfecta en el momento idóneo, un escritor agitando los filamentos de tu bombilla, el pecho reventando en millares de luces evanescentes, los fantasmas encontrando su hogar. 
Cogí un cuchillo, me lo llevé al pecho, lo clavé con fuerza abajo y en círculo, me arranqué el corazón y lo deposité, todavía caliente, en la página.
Terminas el libro y tu cuerpo no se mueve. Desde fuera alguien, objetivamente, podría decir que ni respiras. Tal vez si se fijara detenidamente observaría un brillo en la mirada, el lugar en el que la verdad nunca se esconde detrás de las sombras. Todo se está moviendo y convulsionando dentro, donde nadie lo ve. Nadie excepto tú. Y sientes la belleza. Cruel. Desgarradora. Tierna. Cuando algo hermoso duele. Cuando el dolor es hermoso. No te mueves. Por dentro, un huracán. Todas las hebras de la emoción vibrando, si fueran notas musicales serían alguna sinfonía, tal vez alguna canción de esa playlist que guardas en lo más profundo de tu alma y escuchas a solas mientras te arrancas el corazón y lo depositas en un folio en blanco. Has leído cada página sintiendo esa agitación que se siente cuando sabes que es eso, que alguien lo ha escrito, que lo estás leyendo, que lo estás viviendo, que es así. La turbación de la vida cuando la agitan y te desprendes de las costras, ya innecesarias. Hay que dejar paso a la cicatriz. 
Lo peor de la esperanza no es cuando no la encuentras. 
Es cuando la pierdes.
No es insólito: debo ser la única que no ve un triángulo en esta historia. Yo solo veo a Ben y a Hank, todo el tiempo, siempre. Ellos son los planetas, las constelaciones, y el resto del mundo son meros satélites. Lo demás, los demás, sí, son amor también, eso que se llama amor, lo mismo que decimos tranquilidad, no estar solo, sexo, risas, compañía... Miles de formas de autoengañarnos y engañar. Escaparates. Pero no hay triángulo, hay Ben y Hank. Ben y Hank son EL amor porque son su propia honestidad. Se protegen uno al otro, también del uno y del otro. Son ese amor del que huyen los cobardes. Y esto es más complejo de explicar de lo que me voy a permitir aquí, en estas líneas de este blog sin red.
A alguien que hace eso. Te enfrenta a ti mismo. No puedes evitar quererlo.
¿Por qué leo? Muchas veces he comentado aquí las razones por las que leo. Pero creo que nunca lo he expresado de la forma que lo voy a hacer ahora: para que alguien ponga voz a los silencios que me arden en las entrañas.

En una entrevista, dice Spanbauer que “La ficción es la mentira que hace más verdadera la verdad”. Qué grande, Spanbauer, justo eso. Justo eso aprendí. Algo que creía saber pero que solo ahora sé. Cuánta verdad hay detrás de vidas ficcionadas, cuanta mentira detrás de vidas que se exhiben con pretendido (y pretencioso) realismo. Ver la verdad detrás de la ficción (de capas y capas). Ver la mentira detrás de la "verdad".
Llevarnos en el corazón.
Ayudarnos siempre que pudiéramos.
Ser amables.
Estar de acuerdo en discrepar.
Con sangre.
Con amor.

(Promesas. 
Y las cumples. 
Las seguirás cumpliendo siempre)
Es lo que haces cuando amas, proteges.
(¿Hasta cuándo y dónde y cómo proteges a quien amas? Siempre. Lo harás siempre. Porque los términos absolutos existen cuando amas. Aunque reinventes las formas de amar. Aunque te duela hasta lo innombrable. Aunque te angusties hasta el grito. Aunque no le importe ni le importes. O aunque sí. Aunque tengas que irte. Aunque tengas que quedarte. Aunque te quedes sola)
Tengo que irme, tío.
La vida no espera.
(Me dejaste sola)
Cuando te despides de un ser querido, quizá si dices una tontería, alguna verdad, quizá no deje de quererte.
“.- Quédate.
.- No basta”

(Formas de decir adiós. Y no ser tú quien se despide ni quien se va. No)

Big Ana.
Little Ana.
La Corredora.
Yo
Te
Quise
Más
(Yo
Te
Quise
-Siempre-)

Gracias, Tom Spanbauer. Por la voz. Poderosa y brutal.
(Gracias. 
A ti. 
Sí, a ti.
Por si un día me vuelves a leer. Vuelves. Tú. Sin capas)

sábado, 7 de enero de 2017

Del desierto a la estepa manchega


Esto va a ser largo. Pónganse cómodos si se quedan.

Hay muchas formas de viajar, y casi todas adquieren la forma de una medalla que colgarse. Pero algunas de ellas pasan por hacer un turismo sostenible y solidario. Un día una amiga, a la que debo tanto (¡tanto!), me ofreció ir a pasar la Nochevieja al desierto. Le dije sí sin preguntarle nada más, confío ciegamente en ella porque me ha demostrado que puedo hacerlo. Luego supe que era un viaje organizado por la asociación Viento Norte-Sur, y que el destino era el desierto de Merzouga.

Finalmente mi amiga no pudo venir al viaje (¡¡te pondrás pronto bien y no pararemos de viajar!!), pero llevaba el apoyo de otros dos seres de luz que supieron darme espacio y cercanía, ambas cosas a la vez, y su cariño silencioso e inteligente y lleno de gestos me dio el sostén necesario y preciso.

No sé escribir, me gusta hacerlo, pero no sé escribir. Si supiera, escribiría sobre cómo los encuentros se encadenan con sencilla naturalidad; te explicaría el porqué tengo, aún, los pies y las manos del color del desierto; o porqué es que las cosas encajan siempre, sin forzarlas, y encuentras las respuestas aunque no sean de tu agrado.


Si supiera escribir te contaría, aquí y ahora, porqué hay cervezas que saben a gloria bendita, sea como sea que sepa la gloria esa. Te hablaría de los pequeños detalles que engrandecen a las personas que los realizan, o de cómo una sonrisa y un abrazo es el camino más corto entre dos, siete o mil puntos o destinos. 

Si supiera escribir, escribiría “fuera de juego” y sabrías que no estoy hablando de fútbol, sino de mí y que además podría explicarlo. Tal vez si supiera escribir, escribiría sobre lo que callo y no siempre otorgo. También sobre lo que otorgo y no siempre callo. Pero también. 

Escribiría sobre cómo, de haber estado unos días más, no habría habido nada que me detuviera ni nada que no hubiera podido hacer, que ahora sé (del verbo saber, no del verbo creer que sabes) que puedo hacer y haré. Sobre cómo subir una torre cuando alguien te espera arriba y no abajo, o cómo dejar el corazón subiendo la gran duna y encontrar una mano en el último metro.

Si supiera, si supiera escribir, respondería muchas preguntas, incluso las que ni te planteas. Escribiría sobre el tiempo y lo efímero que es; te diría porqué, todos los porqués. Y pondría en palabras cómo te conviertes en una antena parabólica cuando a tu alrededor hay personas llenas de energía y belleza, y detectas que, al igual que tú y yo, no se saben ver, no ven su nobleza, su honestidad, su fuerza, su verdad. Y quieres abrazarlas, traspasarlas y decirles: no cedas, no cedas, está en ti, todo está en ti. Y quieres ser el espejo que les devuelva todo aquello que son y que perdieron alguna vez.


Si supiera escribir, encontraría explicación al frío y al calor, a los amaneceres en una duna, a los atardeceres en el desierto, a la generosidad de quien menos tiene, a las puertas abiertas de un pueblo y una gente a la que en este, nuestro civilizado país, se las cerramos en las narices. Escribiría sobre los posos que dejan el té y las personas de corazón abierto. Sobre la luz de los abrazos mañaneros y el calor de las noches frías.

Si supiera, si supiera escribir, lo haría sobre cómo brotan las amistades. Sobre lo que empieza, sobre cómo se mueven las piezas del ajedrez (aunque a veces se mueven solas, eso nadie te lo diría). Escribiría sobre cómo brindar mirando a seis pares de ojos a la vez y sin que se te maree la mirada.


Si supiera escribir, traduciría las palabras, los silencios, los gestos, la música, los noches, los días y hasta los alimentos. Transcribiría palabra a palabra lo visible y lo invisible, lo verdadero y lo falso, destriparía intuiciones e imaginaciones. Pondría palabra sobre palabra para describir la realidad que nadie mira y muchos esquivan. Descubriría, frase a frase, quién eres y hasta quién soy. Desgranaría cada minuto y su esencia. Cada pensamiento propio y ajeno, cada sensación que contiene cada grano del desierto. Si supiera, si yo supiera, escribiendo recuperaría la cordura para volver a desecharla y quedarme con lo que todos etiquetan como “locuras”. Yo le digo, tú lo sabes, VIDA (¡pura vida!).


Decía Swight Morrow que existen dos categorías de personas: los que quieren ser algo y los que quieren hacer algo. Estas últimas personas son las únicas que me interesan, porque arriesgan, se exponen, se la juegan, dan la cara, son cristalinas. Hace falta pasión, adrenalina, originalidad, ideas, creatividad, imaginación, salirse de las líneas rectas y elegir las personas curvas y transgresoras. En el desierto había muchas personas haciendo algo, y muy pocas que parecían hacer algo sin hacerlo.

Y decía Paul Eluard que hay otros mundos, pero están en este. Hay puertas para traspasar esos mundos. Al margen de clones, probetas y replicantes, sólo hay una forma de nacer, pero muchas de morir y más aún de vivir. Tal vez haya abismos que deben permanecer insalvables deliberadamente, que se deban de saltar con el alma y la imaginación, pero si se fracasa que nunca sea por falta de ilusión. La mente es como arena movediza, te hundes en ella con la certeza de que es un pozo abismal; crea laberintos que esquivan la conciencia, y llama tranquilidad a lo que es, llanamente, no querer ver lo que duele o inquieta. Como si no existiera. Pero están las puertas. Los otros mundos existen. Y están en este.

Y decía W. E. Henley en un poema: Soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma. El destino no puede enjaularse en mentes constreñidas y reducidas. No hay una predeterminación del destino. Hay demasiadas cosas invisibles esperando ser vistas, muchos mundos posibles ahí fuera. No nos esperan, no los esperemos. Vayamos. Sería suicida no responder, no calzarse las botas de explorador y salir ahí fuera.

Hoy celebro la pérdida de fe en destinos inquebrantables. Me detuve un momento, el amanecer en una duna, conecté con el desierto y experimenté la espiral de la vida. No era el destino, sino mis elecciones las que me habían guiado hasta ahí. Ahora mis elecciones están en mis manos. La libertad consiste en limitar la fuerza del destino. Estoy, por decisión propia, y eso celebro en este mundo que ahora son otros muchos mundos.


Aquí radio nómada: fui al desierto. Volví. Llena. Fui a dar y recibí. Con la mirada arrasada, el alma colmada, el corazón preñado de otras almas. He conocido a personas que son como una caja de Pandora, la que esparcía vientos fértiles, la que se despojaba de los males, la que atesora las esperanzas…

Enero, el propicio, ha vuelto estrenando cielo protector, aquel bajo el cual volví a nacer en el desierto de Merzouga.


Gracias a todas y cada una de las 51 personas que me acompañaron en este viaje solidario. Especialmente a las personas con las que, más pronto que tarde, volveré a reunirme para tomar unas cervezas, canalizar todas las energías y saber que el mundo está ahí fuera, que hay que construirlo desde el respeto. Que solo dando es como recibirás y sabiendo recibir podrás dar. Ahora sabemos que podemos desprendernos de muchas cosas. Y que nos digan locos. 

A alguien que hace eso. Te enfrenta a ti mismo. No puedes evitar quererlo (Tom Spanbauer, “Yo te quise más”)
Pd1: Echarle un vistazo a la asociación Viento Norte-Sur. Animaros a hacer este tipo de viajes solidarios. Creéis que vais a dar, a ser generosos con las donaciones, a repartir entre quien tiene menos. No es así: os traeréis mucho más de lo que llevaréis. Quien tiene menos, tiene y da más.

Pd2: Seguiré un poco ausente de las redes: mi cuerpo ha vuelto de Merzouga, pero mi alma aún sigue allí y mi corazón repartido entre las bellas personas que tanto me han sumado y de las que tanto he aprendido. No me cansaré de daros las gracias. Ya sabéis quiénes sois. 


miércoles, 21 de diciembre de 2016

Del norte al sur

Mañana me voy. Tiro de kilómetros y tren para encontrarme con la que una vez fui y decidí dejar atrás. Siempre vuelvo ligeramente tambaleante de estos viajes a mi tierra. Así que a continuación iré al desierto. Tomaré las no-uvas en Merzouga

Cuando intento alejar ciertos escalofríos me da por limpiar. Y hoy le tocó al aspirador, porque me aturde más.

Y en esas estaba, un cigarro en la boca y el aspirador en las manos, Aretha Franklin y Janis Joplin alternándose en el random, tralarí, tralará, limpio mi casita… cuando un ruido metálico en el aspirador llamó mi desordenada atención. Algo se ha tragado el muy condenado, pensé para mí.

Resignada, un estado atípico en mí, me dispuse a destripar sus interiores, extraer su bolsa amniótica e investigar la causa de tanto estruendo. Me puse al lado de la basura y, con forzada paciencia, empecé a desmenuzar las pelusas acumuladas. Y todo esto encontré en las tripas del aspirador:

Una campana, nada menos que de cristal. Qué sorpresa… O no.
Una conmoción que vino de la mano de una despedida y la necesidad de respirar.
Una noche excesiva llena de dolor, cicatrices y piano de fondo.
Las efímeras que no me dejaron irme, ahí estaban también, evidenciando mis reconocidas contradicciones.
Un dedo oblicuo acostumbrado a trazar círculos.
¡Nada menos que un unicornio! Recuerdo que me trajo uno de los conceptos más bonitos que he incorporado a mi vida este año.
Una venda, se me debió de caer en algún momento de los ojos…
Un pájaro migratorio, que me recuerda que mi trinchera está afincada fuera. Fuera. La extraterrestre que soy.
Atravesando el blog, ella y yo.
Ella. Entera. Ahí estaba. Tan amada.
Una jaula, ya vacía, anunciando un regreso.
Un soplo de vida, juro que encontré un soplo de vida dentro de esa bolsa amniótica…
La casa que sigo buscando, está ahí sin estar.
Lluvia, siempre la lluvia. Lloviéndome.
Una poesía inesperada que había hecho esperar mucho tiempo.

En este punto decido dejar de rebuscar entre las pelusas. Con tantas cosas que se había tragado el aspirador pensé, con cierto desánimo, que el maldito cacharro tenía vida propia y que me estaba devorando sin que yo me diera cuenta. Ya me parecía a mí, al mirarme al espejo cada mañana, que cada vez me veía más borrosa y desdibujada, que se me deshacían los contornos, como si me fuera volviendo invisible poco a poco o me estuviera desconfigurando. Pensaba que era mi mirada, que está cansada. Pero era eso. El aspirador me succionaba poco a poco. Claro, hacía lo suyo. Es su trabajo.

Creo que lo mejor es hacer borrón y cuenta nueva. He tirado el aspirador a la basura y conservado lo que había en sus entrañas. Y me he comprado esto:


Hace la misma función que el aspirador, y además la usaré para volar.

Me espera el norte y el sur. Sed felices y leed, nos lo contamos a la vuelta, ya en territorio 2017.


miércoles, 14 de diciembre de 2016

La habitación de Nona (Cristina Fernández Cubas)

Páginas: 208
Publicación: 2015
Editorial: Tusquets
Sinopsis: Una niña siente una envidia creciente hacia su hermana Nona a quien todo lo que le ocurre es “especial” y, lo que es peor, le ocurre a escondidas. Una mujer al borde del desahucio confía en una benévola y solitaria anciana que le invita a tomar café. Un grupo escolar comenta un cuadro, y de repente alguien ve en él algo inquietante que perturba la serenidad del momento. La narradora se aloja en un hotel madrileño y al salir vive un salto en el tiempo. Nada volverá a ser igual en la vida de dos hermanos tras conocer a una singular tribu amazónica…

Puedes empezar a leer las primeras páginas AQUÍ

Quiso el destino que coincidiera mi viaje a Segovia con la presencia de Cristina Fernández Cubas en Intempestivos, una de esas librerías con encanto que luchan contra las adversidades que mentes encallecidas y obsoletas se empeñan en poner en el camino. Blanco y en botella: estoy ahí, me acompañan mis seres de luz, y pocos lugares más acogedores que Intempestivos para estar en la gélida Segovia, que me recibe con copos de nieve que me ponen chiribitas en la mirada y sonrisa en el alma. 

Si tuviéramos oportunidad de leer un libro y luego comentarlo con su autor/a no tengo la más mínima duda de que toda nuestra experiencia lectora cambiaría y se enriquecería a niveles estratosféricos. Por eso a veces no entiendo que Justin Bieber, por decir un alguien, pueda convocar tantos fans y sin embargo los "recitales" de los escritores emplazan a un público tan reducido. Me ha provocado mucha inquietud este tema, aunque no es algo que venga de ahora. No tengo la menor duda de que hay que educar al lector, no sólo a los niños para que lean, sino también a los adultos que ya leen.

Ana, bájate de las ramas.

El caso, que allí estaba Cristina Fernández Cubas y yo me llevé mi tarea hecha: me leí el libro de un día para otro. Claro, no es mérito mío, el mérito es de Cristina y de La habitación de Nona, un libro de cuentos (o relatos, que no me voy a meter en definiciones que se pueden superponer perfectamente) que se lee con avidez porque la estructura de cada relato es muy dinámica, y hace que quieras avanzar en la historia, llegar al final, saber qué sucede, dónde nos lleva Cristina.
Y hago lo único que puedo hacer. Escribo un cuento.
La ilustración de la portada no es casual. Es un detalle de “Interno con figura” (1868) de A. Cecioni. Y, precisamente, Interno con figura es uno de los cuentos de este libro (el que más me ha gustado, junto El final de Barbro), y que sirve a Cristina para hacer un juego metaliterario en el que la propia Cristina se convierte en la protagonista del relato. Un relato de una construcción sorprendente. Los cuadros, al igual que los libros, nos cuentan historias. Su autor quiere contarnos algo. ¿Qué nos dice la imagen de “Interno con figura”? Cada persona hace una interpretación distinta de aquello que ve, le da diferente relevancia a los detalles y al conjunto de una imagen, y algunas miradas pueden ser sumamente inquietantes. Y mirar una mirada así puede resultar muy turbador. Y cuando algo nos inquieta, actuamos. O nos paralizamos. O dejamos que la inercia resuelva. O escribes un cuento.

En La habitación de Nona, el cuento que da título al libro, me ha atraído especialmente el punto de vista que adopta Cristina. Me ha encantado el planteamiento, y sin duda es una perspectiva que da mucho juego y que no me extrañaría que la autora retomara. Quizás, por poner un “pero”, he sentido que al final se detallaba demasiado explícitamente lo que le sucede con Nona. En cualquier caso, terminas el relato y lo vuelves a leer. Y contemplas lo que lees de manera diferente a la primera lectura.

Hablar con  viejas es el relato que quizás me ha dejado más indiferente, pero que igualmente he devorado, porque hay una contundencia increíble en la forma en que Cristina necesita de una sola frase para que una situación aparentemente normal y cotidiana se transforme en algo inquietante. Conocer que la situación inicial fue una situación vivida por la propia Cristina y que este cuento ha servido en cierta forma para saldar un ajuste de cuentas con su propia conciencia no deja de hacerme pensar en que cualquier situación sirve de base para construir un relato.

Precisamente la oportunidad de hablar con Cristina Fernández Cubas me ha valido para confirmar algo en lo que siempre pienso ante un libro de relatos: el orden de los mismos. Nunca me han parecido casual, y no tengo la seguridad de que las editoriales respeten siempre ese orden propuesto por el autor. Si bien no necesariamente porque haya un hilo argumental que enlace un relato con otro, pero estoy segura de que las distintas historias siempre se conectan con un hilo que tal vez sólo el autor conozca: un orden cronológico, una continuidad emocional, una historia que compensa otra, una redención… Y, sí, es así. El orden no es casual, el germen de cada historia en ocasiones surge justamente de la descarga emocional dejada en la historia recién escrita, que a su vez surge de una historia anterior cuyo germen pudo ser una idea, un punto de vista distinto, un cuadro, alguien que se cruza en tu camino, la recreación del concepto de justicia divina…

Y así el desconcertante, por tremendamente personal (así lo sentí yo), La nueva vida es la clave que explica la necesidad de que a continuación, como cierre del libro, venga Días entre los Wasi-Wano. Conocer y comprender siempre da sentido a todo. Por eso me ha parecido tan enriquecedor conocer esos aspectos que solemos ignorar de un libro, sus mimbres, su construcción. Aunque sean pinceladas, la lectura se engrandece.

Hay dos cosas que me han parecido muy llamativas en este libro: Una, ya lo he mencionado, la facilidad con la que Cristina nos mete en la historia, una historia aparentemente normal y hasta sosegada y, de repente, le basta una frase para que ese ambiente de normalidad se quiebre y algo empiece a inquietarte y se instale cierto desasosiego que te provoca seguir leyendo con ansia, casi como queriendo avanzar para restituir la “normalidad”, la placidez.

Y dos, la no menos facilidad para mover en el lector los miedos, los reales y los imaginarios, el tránsito entre la ficción y la no ficción, la realidad y la fantasía. Todo es posible en los mundos de Cristina, y en todos ellos podemos ser uno de los personajes.
Esas cosas tiene el tiempo: la conversión de lo absurdo en costumbre.